El Reglamento

Encuentro Japón un lugar amable y distante.

El esfuerzo que demuestra cada ciudadano en beneficio de un control general me parece hercúleo. Japón con más de 127 millones de habitantes, tiene más población que México con una quinta parte de su extensión, lo que le hace tener una densidad de 336 habitantes por Km2, llegando a más de 4000 habitantes por Km2 en algunas zonas de Tokio. La forma de organizar tal cantidad de seres humanos es a través del concepto de “reglamento”. Si algo tiene un reglamento se respeta sin matices, sin excepciones y sin disculpas.

Para el visitante la situación de orden es idílica en su apreciación y disfrute, pero desconocemos el esfuerzo interno que el tokiota realiza y las consecuencias que esto tiene.

Una consecuencia es la existencia de un perfil de comportamiento y de apariencia física, una especie de perfil de usuario, consecuentemente. Con la impune distancia emocional con la que cuento, generalizo en que el perfil masculino viste traje con textura de rayas, camisa blanca, reloj metálico visible, zapatos con ligera punta elevada y porta una reinterpretación contemporánea del maletín de mano. Las mujeres suelen vestir faldas largas, blusas anchas y finas, ropa muy ligera que contrasta con bolsos grandes.

Todos impecables, parecen estrenar no sólo la ropa, sino también los accesorios que llevan. Se mueven silenciosamente, a veces rápidamente. Se organizan muy bien y saben comportarse porque existe un reglamento que les dice qué hacer en cada momento, en cada cm2 de su territorio. Uno se pregunta dónde queda el libre albedrio, o si existe acaso en tal organización. La respuesta aparece en la noche, entre las estrechas calles de las cantinas japonesas, donde el silencio se transforma en murmullo y el sake corre por las venas, entonces el reglamento se desaparece, o existe otro, uno nuevo y desconocido para mí.