Arquitecto Zombi

Una vez enrolados en la aventura que supone vivir con la arquitectura parece que nos convertimos en sus prisioneros de forma voluntaria. Nuestra profesión está cambiando y por nuestra condición humana nos resistimos a pensar que será para peor. Pero esto no ocurrirá si no encontramos las herramientas que posibiliten este entendimiento.

“No podemos hablar de nada externo a nuestro vivir porque todo lo que hablamos surge de la coordinación de haceres y emociones en nuestro operar, en nuestro convivir y en nuestro lenguagear.”

Vivir es hacer y sentir, se vive en el hacer. “¿Prisioneros voluntarios de la arquitectura?”, se basa en mi biografía, desde el momento en el que decidí inconscientemente ser prisionero de la arquitectura. Sin embargo todos los seres humanos tenemos dos biografías, la real y la fantaseada. Y en la fantaseada es dónde yo me siento más cómodo y es desde donde quiero vivir. Ahí todos somos omnipotentes. En ella creo mundos que participan de la extrañeza. La objetividad es la alucinación de poder hacer observaciones sin observador. Su popularidad proviene de la aceptación de la carencia de responsabilidad y este engaño lo intento evitar.

Creo que si existe alguna salvación, está dentro y no fuera. Lo subjetivo es objetivamente mejor.

En las escuelas de hoy día, los errores parecen inmensamente importantes, son considerados síntomas de fracaso, símbolos de insuficiencia. Podríamos decir que las escuelas son centros de entrenamiento para evitar errores; se castiga la equivocación, se corrige la respuesta falsa con la eterna tinta roja y se recompensa la perfección inmaculada con la nota máxima.

Las escuelas están llenas de miedo. Miedo por lo que hay dentro y hoy en día, miedo por lo que hay fuera. El miedo es la imaginación de lo desagradable advenido sin más. El miedo es la reacción a la fantasía del mal, como invento de lo insoportable. Si pensamos en zombi no hay miedo. Pensar en zombi es pensar lo impensable. El zombi no tiene nada que decir. Sólo hace, sin pensamiento. Hay miedo a la putrefacción, a la vejez, a la muerte. Aunque éste es un miedo sólo de los jóvenes desesperados, sin salida ante un futuro distorsionado por la rabia de no alcanzar el placer vital básico.

Pero para tener miedo hay que tener discurso y verse desposeído de él. Nuestro discurso… un momento, ¿cuál es nuestro discurso? Nuestros pilares se tambalean, los acontecimientos se suceden a un ritmo trepidante que nos aleja del pasado más inmediato. Los periódicos de hace dos meses son antiguos, no valen. Y nos dicen, creemos que no tenemos futuro. Si esta hipótesis fuera cierta, cualquier tipo de responsabilidad desaparece de nuestras expectativas y sólo somos “ahora”. Nos hemos convertido en una generación de arquitectos sin pasado y sin futuro. Somos la generación del presente. Así pues no debe haber miedo, y proyectemos un presente alternativo, una biografía fantaseada más real, más zombi y menos prisionera.

Wu Wei.

Notas

Texto collage realizado con recortes de: Humberto Maturana en “Del ser al hacer”, Jorge Fernández Gonzalo en “Filosofía Zombi” y Carlos Castilla del Pino en “Reflexión, reflexionar, reflexivo”. Pegamento y conclusión de Carlos García González.

Con motivo de la conferencia con el mismo título en la Universidad de Alicante. 1 de Diciembre 2011.